Mi primera entrevista de trabajo fue un desastre mental

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Ya han pasado más de cuatro años desde mi primera entrevista de trabajo, la cual puedo decir que fue todo un desastre… mental. ¿A qué me refiero con esto? Como era la primera vez que iba a ser entrevistado, mi mente comenzó a hacerla de Nostradamus y a predecir mi temible futuro, el cual estaba lleno de catástrofes. Todo me iba a salir mal.

Imaginé que al llegar con el encargado del reclutamiento de personal sería una mujer o un hombre, muy serio, estricto, con un listado enorme de preguntas con la intención de sacar las respuestas que revelaran lo peor de mí para así no darme el trabajo y poder echarme lo más pronto posible de su oficina. También imaginé que las palabras no iban a salir de mi boca, que me quedaría como estatua, sin hablar, sin moverme, sólo viendo. Ese era un escenario muy malo, pero no fue el peor que llegó a mis pensamientos.

Soy una persona que suda mucho cuando hago ejercicio, cuando camino distancias largas, cuando hace mucho calor y, la peor de todas, cuando me pongo nervioso. No me importaría si sudara de cualquier parte del cuerpo, pero la cascada cae desde mi frente y recorre toda mi cara y cuerpo. ¡El lugar que más te ven cuando te hablan! Así que creí que me pondría muy nervioso, que el saco del traje que pensaba ponerme aumentaría mi calor corporal y la oficina sería un lugar hirviendo, como el mismísimo infierno.

No podía haber una situación peor. ¿O sí? Pues mi cerebro aún tenía más y me dijo: ‘Imagínate que después de sudar te dan ganas de vomitar, a tal grado que no puedes aguantar’. Eso me asustó y… comencé a sudar del temor porque alguno de estos hechos me sucediera.

El día de mi entrevista llegó, sabía que, mínimo, uno de los escenarios anteriores pasaría. Me bañé, me vestí y comencé a sentir calor al ponerme la camisa y el saco. Una de las profecías comenzaba a cumplirse. Me fui a sentar al sillón en lo que llegaba mi taxi, para evitar que con el movimiento generara más calor.  Llegó el auto, me subí y al instante bajé la ventanilla para que entrara el aire cuando el vehículo estuviera en movimiento. Así logré refrescarme y cuando noté que ya no sudaba, me tranquilicé un poco más. Los nervios volvieron cuando llegué al edificio.

Entré a la recepción y pedí con la reclutadora, quien 15 minutos más tarde bajó a recibirme y a llevarme a su oficina. Fue extremadamente amable, en el elevador me preguntó cómo estaba y si fue fácil llegar al lugar. Le respondí escuetamente y nos dirigimos a su oficina. Ahí me senté y comenzó a preguntarme cosas sobre mi currículum, sobre mis deseos a futuro, mis habilidades, mis áreas de oportunidad, etc.

La entrevista fue muy rápido, o al menos no sentí tan largos los 45 minutos que duró. El sudor no se hizo presente, no vomité, no me quedé paralizado, todo fue sólo obra de mi mente, que me puso nervioso, pero al final todo salió bien, excepto quedarme con el trabajo, ese lo conseguí hasta la tercera entrevista.